SHALINI ARIAS, JOSÉ BAUTISTA, JAVIER JENNINGS MOZO (FUNDACIÓN PORCAUSA)

Su nombre oficial es Residencial El Burgo, pero bien podría llamarse ‘Residencial de las Naciones Unidas’. A las afueras de Torre del Burgo(Guadalajara), entre la gasolinera y los primeros olivos, se erige una pequeña urbanización de casas adosadas amarillas en la que conviven familias de Camerún, China, Holanda, Argentina, Polonia, Rumanía, España, Bulgaria, Italia y Ucrania. En sus alrededores, juegan multitud de niños, una escena en peligro de extinción en el mundo rural. La diversidad en los niveles de melanina y tonos de cabello inspirarían al mejor fotógrafo de Benetton. Cuando los pequeños celebran su cumpleaños, las mesas se llenan de espagueti italiano, cuscús con carne ‘halal’, empanadas argentinas y dulces de Europa del Este.

La puerta de la urbanización siempre está abierta y los padres observan plácidamente desde el sofá cómo juegan sus hijos en la colina de enfrente. Las dificultades del idioma quedan eclipsadas por la riqueza cultural de sus inquilinos; los roces del día a día se arreglan en comunidad. El último lo protagonizó un joven búlgaro que conducía demasiado rápido y a punto estuvo de atropellar a una niña. El padre de la pequeña fue a la plaza a expresar su enfado. La comunidad búlgara respondió con empatía y el joven conductor no tardó en acercarse a él para pedirle disculpas.

A pesar de las diferencias culturales, hay tradiciones que no entienden de fronteras, como la de regalar la ropa de los niños a los vecinos que tienen hijos más pequeños. Coinciden los vecinos de Torre del Burgo en que quien mejor domina este arte es Fátima, una anciana portuguesa que vive sola pero se siente acompañada. En este pueblo multicultural, gobierna el Partido Popular y en la iglesia católica también rezan los cristianos ortodoxos procedentes del Este europeo.

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